viernes, 27 de mayo de 2011

¿Puede una cabeza vivir separada del cuerpo?



Los historiadores de la medicina reconocen como primer antecedente los estudios del médico francés Julian Jean Cesar Legallois, quien en 1813 sugirió que se podía preservar con vida partes del cuerpo por medio de la circulación artificial. Medio siglo después, hacia 1858, su colega y compatriota Charles Edouard Brown-Séquard trató de aplicar esa tesis siguiendo la tradición francesa: empezó a probar con miembros de prisioneros guillotinados. “Demostró que la actividad nerviosa refleja podía ser preservada mediante la inducción de sangre oxigenada a las arterias por medio de jeringas”, señalan los cirujanos Igor E. Konstantinov y Vladimir V. Alexi-Meskishvili en un artículo sobre los avances en este tema. Exactamente una década después, Ludwing y Schmidt diseñaron un aparato para la inyección de sangre arterial desde un recipiente hasta un órgano separado vivo. Antes de terminar el siglo XIX ya existían dos máquinas más que permitían la inyección artificial de sangre.




Pero el mérito de haber alcanzado semejante proeza a niveles inesperados se debe a los esfuerzos de un científico ruso injustamente olvidado por años: el doctor Sergei Brukhonenko. Desde 1923, este científico se había interesado en el tema a raíz de unos estudios químicos sobre una sustancia anticoagulante que facilitaba las transfusiones de sangre. “En 1926, en colaboración con el Dr. Tchechulin, diseñó un aparato para la ‘circulación artificial con sangre de animales de temperatura cálida’”, señalan Konstantinov y Alexi-Meskishvili. El aparato consistía en un sistema de válvulas y diafragmas que inyectaban la sangre a través de los pulmones diseccionados de un animal a otro que era sujeto de la prueba. El 1 de noviembre de 1926 los inventores ofrecieron una demostración de su descubrimiento con un perro como conejillo de indias. “El perro se mantuvo vivo durante dos horas tan solo por medio de la circulación extra corporal”. Se considera que este fue el primer experimento de su tipo en el mundo.

Brukhonenko dio un paso más. Durante años trabajó en pruebas para mantener vivos órganos separados del cuerpo. El 1 de junio de 1928 asombró al mundo durante una presentación ante la comunidad científica asistente al Tercer Congreso de Medicina de la Unión Soviética. Ese día presentó una cabeza de perro con signos de vida a pesar de estar separada del cuerpo del animal. “Como parte de la demostración, mostró que la cabeza cortada reaccionaba a una variedad de estímulos”, señala el escritor Alex Boese en un artículo sobre los experimentos más raros de la historia. La cabeza “parpadeó ante ruidos fuertes como el de un martillo que golpeó la mesa del costado. Las pupilas se contrajeron cuando se les enfocó una luz. Pasó la lengua ante un poco de ácido echado sobre sus labios. Incluso se tragó un pedazo de queso, que en seguida cayó por el otro extremo del tubo del esófago”.





El resultado fue tan asombroso, que poco después Brukhonenko fue convocado para realizar otra presentación particular para A. V. Lunacharsky , el entonces ministro de Educación de Rusia. En esa nueva cita participaron también estudiosos de otros países, intrigados con el logro. “La noticia de la cabeza viviente después de ser cortada del resto del cuerpo causó una ola de ansiedad en el público europeo”, recuerda el artículo de Konstantinov y Alexi-Meskishvili. El siempre agudo dramaturgo Bernard Shaw llegó a publicar una carta en un diario alemán en la que se declaraba entusiasta de las enormes posibilidades abiertas por el científico soviético en el campo de la medicina humana. “Incluso estoy tentado a cortarme la cabeza de manera que pueda dirigir obras y escribir sin preocuparme por enfermedades, sin tener que vestirme o desvestirme, sin tener que comer, sin tener que hacer otra cosa que producir obras maestras del arte dramático y la literatura”. 

Alguien dirá: Bueno, sí, pero finalmente fue un experimento con perros y yo esperaba saber si alguien lo había intentado con seres humanos. Pues sí, alguien lo hizo. Y tratándose de una cabeza cortada huelga decir que el pionero fue un científico del país de las guillotinas. El doctor Jean-Baptiste Vincent Laborde lo intentó mucho antes que Brukhonenko incluso. En 1884 Labrode trató de mantener con vida la cabeza cortada a un sujeto llamado Campi, ejecutado por asesinato. “Los resultados fueron decepcionantes”, señala Boese. Para un segundo intento, Laborde exigió que le entregaran la cabeza del ejecutado a la mayor brevedad posible. Así ocurrió. El nuevo ejemplar pertenecía a otro asesino llamado Cagny. Siete minutos después de la despeinada, la cabeza pasó al laboratorio, donde el científico logró conectarla a las arterias de un perro vivo. “Laborde reportó que los músculos faciales se contrajeron, como si el hombre todavía estuviera vivo, mientras la mandíbula temblaba violentamente”. Pero no hubo signos de que estuviera consciente.

De manera que los resultados más aproximados al éxito serían los de Brukhonenko, quien siguió investigando otras posibilidades de la circulación artificial. Por eso, aunque durante muchos años su nombre cayó en el olvido, un sector bien informado de la comunidad científica lo considera uno de los precursores de la cirugía cardiaca. También habría que agradecerle la curiosidad que le permitió abrir nuevas fronteras. Desde ahora pasa a ser miembro del panteón de lo insólito de este club.

Datos médicos sobre la decapitación: en la serie de pruebas con animales, se suelen observar contracciones en la lengua, ojos y labios. Pero esto responde simplemente a un acto reflejo, ya que al producirse la decapitación se llega a una nivel de asfixia con tensión arterial cero. Esto afirma que tales movimientos son puros artificios biológicos. La decapitación mata sin agonía, en perfecta calma, anulando el poder reflejo y el automotor. La hemorragia súbita hace caer la tensión a 0 en 1/10 de segundo y paraliza la conciencia, la voluntad, y la sensibilidad.

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